” Ciudad inconfundible entre todas,
guardémosle el respeto que se debe a su grave belleza”
“Viaje a Portugal”, José Saramago.
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| Oporto |
Sábado, 18 de junio de 2011
Dejamos Villalba, camino al aeropuerto, sobre las 7 de la mañana, porque nuestro vuelo de Ryanair sale a las 9 y veinte. Llegamos a Oporto a las 9,45, hora portuguesa, ¡tenemos todo el día para disfrutar de la ciudad, que nos recibe con un sol espléndido y una brisa muy refrescante! Desde el avión llama la atención lo intensamente poblada que está toda la región. El aeropuerto es pequeño y modernísimo, lo mismo que el metro ligero, que en media horita nos deja en la estación de Marques, donde está nuestro hotel Tryp Porto Centro, que de centro centro tiene poco. Se puede llegar al corazón de la ciudad en diez minutos de paseo, pero el barrio es feísimo y muy tranquilo en esta mañana de sábado. El hotel en sí es muy moderno y confortable.
Nos lanzamos a descubrir la ciudad bajando por la Rua Santa Catarina, la más comercial de la ciudad, y topamos con la primera de las magníficas iglesias azulejadas de Porto: la Capela das Animas. También entramos en el famoso mercado de Bolhao. El centro de la ciudad nos parece decadente, derruido, descuidado…pero lleno de ese encanto decimonónico, relajado y de agradable provincianismo. Pasamos por la hermosa avenida de Aliados, por Clerigos y entramos en la famosa librería Lello & Irmao, una joya de decoración barroca.
A eso de la 1 y cuarto, entramos a comer en la Churrascaria Central do Clerigos, en la rua da Fabrica, una tasca de auténtico ambiente portugués, comimos estupendamente y barato: caldo verde, tripas (callos), bacalao ao modo de Braga,cerveza y café. Todo por 7,50 por persona.Se puede decirr que aquí, uno no es atracado por los hosteleros, como en España, ¡un arómatico café brasileño sale por 60 céntimos, en cualquier bar! Después de la comida volvemos en metro al hotel para dormir una buena siesta.
A las cinco salimos de nuevo, bajamos hasta Sao Bento, la Se. el barrio de Barredo y Ribeira. La ciudad nos cautiva por su escénica belleza, muchísimas casas deshabitadas están a punto de desmoronarse, palacios y casonas abandonadas parecen esperar un milagro que les devuelva el antiguo esplendor.
Compramos unas prendas de abrigo en una tienda de Batalha porque realmente hacía fresco y no echamos nada adecuado en el equipaje.También compramos unos típicos manteles en la rua Mouzinhos. Tomamos café en el suntuoso Majestic, histórico café, ahora asaltado por los turistas. Nos gustó la zona de la Se, catedral, y su mirador. De aquí al río se derraman las intrincadas callejuelas del Barredo, hasta llegar al padre Douro, que se vuelve acogedor en las terrazas de la Ribeira, llenas de animación. Por el puente Luis I cruzamos a la otra orilla, Vilanova de Gaia, una ciudad diferente en todo de Porto. Aquí abundan los locales modernos de diseño, hay un teleférico y el consabido centro comercial.
Tomamos un tawny, variedad de oporto, Santa Cruz, tumbados en sendas hamacas disfrutando de las vistas del río al atardecer.
Fuimos a cenar, huyendo de los restaurantes turísticos de Ribeira, a un bar de Praça de Batalha, a probar la típica francesinha, una bomba calórica que no pudimos acabar. Volvimos caminando al hotel tratando de digerir las francesinhas, antes de caer rendidos en las cómodas camas del Tryp Porto.
Domingo, 19 de junio.
¡Cumpleaños feliz! Hoy cumplo 56 años y me siento genial después de dormir profundamente hasta las 6,30 de la mañana. Amanece un día radiante y más cálido que los anteriores. Paramos un taxi y le pedimos ir rápido a la estación de Sao Bento y poder coger un tempranero tren a Guimaraes, el taxista, natural de allí, nos adelanta que es una ciudad de postal, preciosa y que su hijo va hoy precisamente a enseñarsela a su namorada. Desayunamos en el café de la estación con unos bollos buenísimos. El “cercanías” es moderno, como el resto del transporte público, en contraste con la vetustez de la ciudad.
En una hora y poco, después de 22 paradas, atravesando verdes colinas, bosques, maizales, viñedos y muchísimos nuclesos de población diseminados, llegamos a dónde “nasceu” Portugal, Guimaraes.
¡Pués, sí! es una auténtica maravilla, una joya medieval de tamaño medio, cuyo centro histórico está bien conservado. Al contrario de Porto, todo está cuidado y restaurado, quizá porque va a ser capital cultural europea en el 2012. La villa está animada, muchos turistas llenan los cafés de las placitas, al resguardo del calor que se nota, al estar la ciudad más alejada del mar.
Visitamos el interior del cuidadísimo Paço de los Duques de Braganza y entramos en las ruinas del impresionante castillo. Callejeamos por el pueblo y entramos en un recoleto museo al lado de la iglesia principal donde se exhibe una rica colección de porcelanas. Comimos en un centro comercial un plato completo de picanha, espeto de ternera a la brasileña con feijoada.
Tomamos el tren de vuelta de las 4 y nos fuimos directos a descansar las doloridas piernas al hotel.
Salimos a cenar en un sitio algo especial para celebrar mi aniversario, elegimos Casa Alzira, en la Ribeira. Pero primero subimos a la calzada alta del Puente Luis I para disfrutar del atardecer sobre el Duero, luego bajamos por la ladera de Gaia y cruzamos por la calzada inferior hasta el restaurante. ¿Qué decir de la cena?… Unas vistas increíbles, servicio de diseño, camareros modelos y precios españoles. Comimos ensalada, paté de atún, filete de novillo al oporto y filetes de pulpo a la plancha, todo bastante escaso, con un vino verde. Pagamos 65 €. Los restaurantes de Ribeira es lo que se llama trampa para turistas, aquí la comida es lo de menos, lo que importa es cenar viendo las laderas de la ciudad y el puente iluminado.
Lunes,20 de junio
Hoy la ciudad recobra el pulso después del fin de semana, se ve más gente y tráfico pero sin aglomeraciones.
Salimos más tarde del hotel y bajamos hacia el río por la zona de la derecha para ver el Palacio de la Bolsa y el mercado Ferreira Borges, que ahora es un moderno local con clubes de música. Después subimos al autobus 500 que recorre la orilla del Duero y el paseo marítimo. Las playas son bastante rocosas y muy frías, apenas hay bares o restaurantes. En la avenida Boavista tomamos el 201 para volver al centro. Nos bajamos para ver la Casa de la Música, un edificio de diseño contempóraneo y desde allí bajamos andando hasta el Palacio de Cristal y sus preciosos jardines y miradores. De aquí otro bus hasta la Churrascaria Iparay en Sa Bandeira, donde comimos unos “entrecostos” a la brasa y varios “finos” (cañas de cerveza).
Después de la siesta fuimos en el metro hasta Gaia, como es exterior se ven hermosas vistas en el trayecto. Gaia, al contrario de Porto es una ciudad moderna de edificios bien cuidados. Visitamos el exterior de la Iglesia redonda que se alza en el promontario más alto de esta parte del río. Después volvemos caminando por la zona de Clérigos y Carmo. A las 7 de la tarde la ciudad se va quedando vacía, inclusos muchos bares echan el cierre. A las nueve entramos a cenar en el coqueto centro Via Catarina, la zona de restauración asemeja un pueblecito portugués. Tomamos un gran bol de sopa en una de las franquicia de sopa tan típicas de Portugal.
Martes, 21 de junio.
Adiós Porto. Nos despedimos tomando el último cafezinho en una terraza de Santa Catarina. Echaremos de menos estos aromáticos cafés a 60 c. y también la suave cerveza Superbock. Nos llevamos de recuerdo una botella de vino tawny en el moderno aeropuerto, después de pasar el control de seguridad.
Aterrizamos en el calor mesetario de Barajas a la hora prevista.










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